10 artículos de decoración obsoletos que deberías reemplazar ya

  • Algunas soluciones como el pavés, el gresite azul o el gotelé delatan una vivienda anticuada y conviene sustituirlas por cerramientos, revestimientos y paredes trabajadas más actuales.
  • El uso excesivo de gris, brillos en cocina y focos teatrales sobre cuadros ha quedado atrás frente a tonos cálidos, acabados mates e iluminación integral más equilibrada.
  • Los muebles de usar y tirar, los plásticos y tejidos sintéticos pierden terreno frente a piezas duraderas y materiales naturales que apuestan por sostenibilidad y confort.
  • Gadgets estrafalarios y objetos decorativos sin coherencia generan ruido visual; es mejor priorizar piezas con historia, diseño atemporal y armonía con el conjunto.

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Si te diera por abrir el álbum de fotos de tu casa —o mejor dicho, de tus antiguas casas— seguramente te llevarías más de un sobresalto. Igual que sucede cuando nos vemos con cardados imposibles, hombreras XXL o labios perfilados en marrón, en decoración también hay estilos y objetos que, con el tiempo, se vuelven difíciles de justificar.

Lo que en su momento nos parecía moderno y sofisticado hoy puede resultar tan desfasado como las riñoneras noventeras o las chapas del “acid house”.

En interiorismo ocurre exactamente lo mismo que en moda: las tendencias van y vienen, pero no todas envejecen con la misma dignidad. Algunas se reciclan con cierto encanto vintage, mientras que otras solo consiguen que tu casa parezca anclada en otra época poco favorecedora.

En este artículo repasamos 6 artículos y recursos decorativos que los diseñadores te recomendarían jubilar sin remordimientos, y te contamos con qué alternativas más actuales puedes reemplazarlos para que tu hogar se vea fresco, acogedor y, sobre todo, muy tú.

1. Pavés: del recurso barato al lastre visual

Durante años, los bloques de vidrio fueron la solución comodín de muchos constructores: el famoso pavés. Era la opción rápida cuando el cliente pedía un cerramiento acristalado y el presupuesto no daba para mucho más. El resultado, en la práctica, suele ser un muro pesado visualmente que ni proporciona una transparencia limpia ni una separación de ambientes eficaz.

El pavés se utilizó hasta la saciedad en pasillos, baños, escaleras e incluso fachadas interiores, con la idea de dejar pasar la luz manteniendo cierta intimidad. El problema es que genera una estética muy marcada, difícil de integrar en viviendas actuales que buscan líneas más ligeras. Salvo que vivas en un loft industrial de aire neoyorquino y esté muy bien integrado, ese bloque traslúcido suele funcionar más como un ruido visual que como recurso estiloso.

Si te atrae la idea de dejar fluir la luz entre estancias, hoy resulta mucho más acertado apostar por cerramientos de vidrio con perfilerías finas, puertas correderas con cuarterones metálicos, o incluso paneles de cristal fijo combinados con madera. Estos sistemas son más versátiles, dejan pasar la claridad de manera más franca y, además, se adaptan bien tanto a interiores modernos como a estilos más cálidos y naturales.

También puedes combinar vidrio transparente, al ácido o estriado, en función del grado de privacidad que necesites. Todo ello sin ese look tan rotundo del pavés, que suele aportar una estética fría, poco amable y bastante difícil de reconciliar con los interiores contemporáneos más acogedores.

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2. Gresite azul y acabados de piscina en el baño

Hubo una época en la que, si no revestías el baño con gresite azul, parecía que te estabas perdiendo la tendencia del momento. Este material, muy utilizado en piscinas, saltó al interior de la vivienda con la promesa de dar un aire fresco y veraniego. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido en un recurso muy asociado a otra década y con una estética poco refinada para los estándares actuales.

El principal problema del gresite azul convencional es que recuerda inevitablemente al entorno de las piscinas públicas y gimnasios. Transmite sensación de frialdad y, a menudo, no encaja bien con el resto de materiales del hogar. Además, las juntas abundantes hacen que la limpieza resulte más engorrosa, algo que hoy muchos usuarios intentan evitar por pura comodidad.

Si te gusta el efecto de pequeñas piezas colocadas en mosaico, los diseñadores recomiendan buscar alternativas más actuales, como el azulejo tipo zellige, con sus acabados ligeramente irregulares y su brillo artesanal. Este tipo de cerámica aporta riqueza visual, textura y una sensación de pieza hecha a mano que encaja con la tendencia hacia lo natural y lo auténtico.

También puedes optar por nuevas geometrías: hexágonos, rombos o piezas rectangulares en formato pequeño, que crean diseños más sofisticados. En cuanto al color, se imponen los verdes profundos, los azules pato, los tonos arena o los blancos rotos, siempre utilizados con medida para no saturar el espacio. Incluso con piezas cuadradas sencillas, un tono bien elegido y una colocación estratégica pueden dar un aspecto muy contemporáneo y elegante a tu baño.

3. Pintar cada habitación de un color diferente

Cuando estrenamos casa, es casi instintivo querer marcar territorio. Una de las primeras ideas que suele venir a la mente es pintar cada estancia de un tono distinto para “personalizarla”. El resultado, sin embargo, puede ser un conjunto poco armónico, con saltos de color bruscos de una habitación a otra que rompen la continuidad visual de la vivienda.

Este enfoque era muy habitual hace unos años: salón en amarillo, dormitorio azul, habitación infantil rosa intenso, pasillo en un tono fuerte… En una vivienda vacía puede parecer una buena forma de darle vida, pero una vez colocados los muebles, textiles, cuadros y objetos personales, el efecto global puede resultar agobiante y caótico.

Actualmente, la mayoría de interioristas abogan por usar una base cromática más coherente que recorra toda la vivienda. Puedes jugar con ligeras variaciones de tono, pero manteniendo una sensación de conjunto. Si necesitas introducir color, es más acertado emplearlo en una sola pared estratégica —por ejemplo, aquella donde se apoya el cabecero de la cama o la que enmarca la televisión— o recurrir a piezas textiles, arte y complementos con carácter para animar el ambiente.

Antes de lanzarte a pintar compulsivamente, conviene vivir un tiempo en la casa. Cuando ya tengas tus muebles y tus cosas, la sensación de frialdad inicial desaparece. A partir de ahí, podrás valorar con más criterio dónde te apetece introducir acentos de color, qué paredes funcionan mejor como lienzo neutro y qué matices combinan de verdad con tu estilo de vida.

Un truco muy útil es partir de una paleta limitada de tonos neutros cálidos o fríos y añadir uno o dos colores protagonistas que se repitan de forma sutil en diferentes estancias. Así consigues una casa con personalidad, pero con una continuidad visual que transmite calma y equilibrio, lejos del efecto arcoíris sin control.

4. Iluminar cuadros con focos teatrales

Seguro que has visto (o quizá aún tienes) esos focos mini instalados justo encima de un cuadro, a modo de foco de museo. Esa solución, que en su día se consideró sofisticada, ha quedado muy desfasada. Pocas obras justifican un protagonismo tan forzado y poco natural, y la luz puntual suele crear brillos molestos y un ambiente algo teatral que no favorece al conjunto.

Los diseñadores de interiores actuales prefieren centrarse en iluminar correctamente toda la pared o la estancia, en lugar de marcar un único elemento como si estuviera en un escaparate. De ese modo, el cuadro o la lámina adquiere importancia por su presencia, su tamaño y su composición dentro del espacio, no por un haz de luz que lo señala de manera literal.

Una opción mucho más actual es instalar iluminación lineal, focos orientables en carril o apliques discretos que bañen la pared de luz homogénea. De esta forma, las obras de arte, fotografías o láminas se integran en una atmósfera general agradable y equilibrada, sin crear contrastes exagerados.

Además, al calcular la iluminación hay que tener en cuenta las proporciones de la pared y del cuadro. Una pieza pequeña perdida en una pared enorme, aunque tenga un foco dedicado, seguirá pareciendo descolocada. Por eso muchos profesionales recomiendan componer galerías de varios cuadros o apostar por una obra de mayor formato, en lugar de enfatizar una sola pieza con un foco muy marcado.

En definitiva, la clave está en pensar la iluminación desde el conjunto de la estancia: luz general, luz de ambiente y, si hace falta, algún punto de luz puntual, pero siempre evitando que ninguna lámpara se convierta en un proyector incómodo sobre una única obra.

5. Campanas escultóricas en la cocina

Durante años se potenció el uso de campanas extractoras gigantes, con formas esculturales y materiales llamativos, como si fueran el centro de atención de la cocina. El problema es que, al final, no dejan de ser un electrodoméstico. Un aparato necesario, sí, pero no necesariamente una pieza a la que convenga ceder todo el protagonismo visual del espacio.

Si lo piensas, no nos plantearíamos liberar una pared vacía solo para lucir un microondas, ni diseñar todo el comedor en torno a un frigorífico. Sin embargo, con las campanas se asumió durante mucho tiempo que debían ser grandes, visibles y casi escultóricas, especialmente en islas y penínsulas.

La tendencia actual va en dirección contraria: integrar al máximo los electrodomésticos para que la cocina se perciba como un espacio limpio, uniforme y calmado. Esto se nota en el auge de los grupos filtrantes empotrados en muebles altos o en falsos techos, campanas de superficie integradas en la vitro o modelos de techo casi invisibles que pasan desapercibidos a simple vista.

En cocinas abiertas al salón o al comedor, este enfoque es especialmente importante. Si la campana se convierte en el elemento más llamativo de la estancia, corres el riesgo de romper la armonía del conjunto. Es preferible apostar por una iluminación decorativa bien pensada —lámparas colgantes sobre la isla, tiras LED en la parte inferior de los muebles, apliques discretos— mientras la extracción se resuelve de forma técnica pero discreta.

Al final, lo que de verdad aporta estilo a una cocina actual no es una campana gigantesca, sino el uso equilibrado de materiales, la continuidad de los frentes, la integración de los electrodomésticos y la forma en que se conecta con el resto de la casa. Cuanto más discreta y eficiente sea la extracción, más lucirán el mobiliario, las encimeras y los detalles decorativos.

6. Gotelé: la textura que nadie quiere de vuelta

Si hay un clásico odiado en decoración, ese es el gotelé. Esta técnica de acabado se popularizó en épocas de construcción masiva porque permitía disimular de forma rápida y barata las irregularidades de las paredes. Llegó a gustar tanto que incluso se comercializaron papeles pintados imitando su relieve, pero hoy se ha convertido en uno de los acabados más rechazados en interiores.

El gotelé se asocia a viviendas antiguas, poco cuidadas y con poca intención decorativa. Sus relieves atrapan polvo, dificultan la limpieza y limitan mucho la posibilidad de aplicar otros recursos, como molduras, papeles pintados finos o colores sofisticados. Además, hace que la luz se refleje de forma irregular, generando sombras poco favorecedoras.

Eliminarlo, eso sí, no es tarea menor. No basta con lijar un poco y volver a pintar. Para conseguir paredes realmente lisas, hay que alisar con pasta adecuada, lijar en profundidad y rematar con esmero. Muchas veces conviene recurrir a profesionales, porque un mal alisado puede dejar marcas y ondulaciones que se notarán aún más con la pintura final.

Una vez desaparece la textura del gotelé, se abre un abanico enorme de posibilidades: desde paredes completamente lisas en tonos neutros hasta la incorporación de papeles pintados con relieve sutil, molduras que aportan carácter o revestimientos como el microcemento, que permiten dar textura controlada y contemporánea sin caer en el desorden visual del acabado grumoso tradicional.

Lo que está claro es que el gotelé, por muy nostálgico que resulte para algunos, se ha quedado relegado al pasado. Hoy se buscan superficies más limpias, donde cada imperfección o cada textura esté pensada, y no sea fruto de una solución rápida para esconder defectos constructivos o acabados poco cuidados.

7. Materiales plásticos y tejidos sintéticos sin alma

Otro de los grandes cambios de los últimos años tiene que ver con la sostenibilidad. Cada vez resulta menos aceptable llenar la casa de mobiliario de plástico y textiles sintéticos que, además de tener una presencia algo fría, son complicados de reciclar y tienen una huella ambiental considerable. Lo que en los años 50 y 60 era icono de modernidad, hoy se mira con lupa.

Muchas sillas y piezas de diseño en plástico se colaron en nuestros salones, cocinas y comedores, y algunas se mantuvieron como objetos “vintage” de culto. Sin embargo, la tendencia actual se inclina hacia materiales naturales: madera certificada, fibras vegetales, algodón, lino o lana. Se valora la procedencia de los productos, su durabilidad y su capacidad para envejecer bien, en lugar de priorizar soluciones baratas y efímeras.

En textiles, el cambio es especialmente evidente. Los sofás y cortinas sintéticas, brillantes y de tacto poco agradable, están dando paso a tapicerías más amables, transpirables y con mejor comportamiento térmico. Los cojines de poliéster que se deforman rápido dejan espacio a fundas de lino lavado, mantas de lana o alfombras de fibras naturales que aportan una sensación acogedora difícil de lograr con materiales plásticos.

Esto no significa desterrar el plástico por completo, pero sí usarlo con más criterio: en elementos donde realmente tenga sentido por resistencia o mantenimiento, y no como solución por defecto. El objetivo es construir hogares más sanos, con materiales menos tóxicos y una relación más respetuosa con el entorno, algo que la decoración no puede seguir ignorando.

Adoptar esta mirada supone también revisar esos muebles “de toda la vida” que, aunque nos resulten cómodos, están hechos enteramente de plásticos de mala calidad. A veces basta con ir sustituyendo poco a poco piezas clave por opciones más naturales y duraderas, en lugar de seguir acumulando objetos de usar y tirar que acaban en el contenedor demasiado pronto.

8. Paredes absolutamente lisas y sin carácter

Tras los años de dominio absoluto del gotelé, vivimos una etapa en la que la consigna fue justo la contraria: paredes completamente lisas, blancas y sin ningún tipo de adorno. Esta reacción era comprensible, pero ha dado lugar a muchos interiores excesivamente planos, en los que las superficies carecen de personalidad y volumen visual.

Las tendencias actuales apuestan por recuperar la textura, pero de una forma mucho más controlada y estética. Se busca que las paredes aporten interés sin restar protagonismo al resto de elementos. Para ello, triunfan los papeles pintados de calidad, las pinturas con acabado mate y algo de relieve, o los paneles decorativos, especialmente los listones de madera que añaden calidez y ritmo.

Otra opción cada vez más popular es el uso de microcemento o morteros decorativos, que crean un efecto continuo, con ligeras variaciones de tono y una textura suave al tacto. Este tipo de soluciones encajan bien tanto en estilos minimalistas como en ambientes más rústicos o industriales, y dan la sensación de estar rodeado de superficies trabajadas y cuidadas, en lugar de meras paredes sin intención.

También están viviendo un gran momento las molduras, desde las más clásicas hasta diseños más modernos y lineales. Aplicadas en paredes lisas pintadas en un mismo color, las molduras permiten crear marcos, zócalos y composiciones que aportan profundidad y elegancia sin necesidad de añadir estampados o colores estridentes.

En definitiva, las paredes dejan de ser un simple fondo neutro para convertirse en un elemento más del proyecto decorativo, capaz de enriquecer el espacio de manera sutil. La clave está en encontrar el equilibrio entre textura, color y luz para que tu casa transmita esa sensación de espacio vivido y cuidado hasta el último detalle.

9. Tonos grises fríos como base absoluta

Durante años, el gris fue el rey indiscutible de la decoración. Su versatilidad, su capacidad para combinar con todo y su apariencia limpia lo convirtieron en el tono comodín para suelos, paredes, sofás y casi cualquier superficie. Sin embargo, el abuso de esta paleta ha dejado muchos hogares con un aspecto excesivamente frío, impersonal y algo tristón.

Hoy se percibe un giro claro hacia gamas más cálidas. Los beige, arenas, cremas intensos y tonos tierra han recuperado terreno como base neutra de los interiores. Siguen siendo colores fáciles de combinar, pero aportan una sensación acogedora muy necesaria después de tanta hegemonía gris.

Al mismo tiempo, el color ha ido ganando presencia poco a poco. No se trata de llenar la casa de tonos estridentes sin control, sino de introducir colores intensos y alegres en puntos estratégicos: un sillón protagonista, una pared acento, la carpintería interior, unas cortinas especiales o una pieza de arte potente pueden cambiar por completo la energía de un espacio.

En este contexto surge la tendencia conocida como “colorful haven” o espacios refugio llenos de color, donde se juega con combinaciones llamativas para transmitir vitalidad y optimismo. Aunque no todos se atreven con una explosión cromática total, incluso los proyectos más sobrios suelen incorporar hoy matices de verde, terracota, azul profundo o mostaza para romper la neutralidad absoluta.

10. Brillos excesivos en la cocina

Las cocinas de hace unos años solían lucir puertas de alto brillo, azulejos relucientes y electrodomésticos cromados bien visibles. La consigna era que todo brillase y se notara. Con el tiempo, esta estética ha dado paso a un estilo más sobrio donde los acabados mates, sedosos y menos reflectantes llevan la voz cantante.

Las superficies mate, además de resultar más elegantes, disimulan mejor las huellas y pequeñas marcas de uso diario, algo fundamental en una estancia tan transitada. Los muebles de cocina en acabado supermate, combinados con encimeras de aspecto pétreo y frentes lisos, generan una sensación de calma y modernidad que los brillos excesivos ya no consiguen.

También se observa un cambio importante en los revestimientos verticales: las baldosas brillantes hasta el techo han dejado paso a soluciones como la pintura lavable, el microcemento, paneles continuos o azulejos de acabado mate que aportan textura sin reflejar tanto la luz. Todo ello contribuye a que la cocina se integre mejor en espacios abiertos compartidos con el salón o el comedor.

En cuanto a los electrodomésticos, la tendencia es clara: se ocultan mediante panelado o se eligen en acabados más discretos. Frigoríficos integrables, lavavajillas camuflados tras puertas a juego con el resto del mobiliario y placas de cocción que prácticamente se funden con la encimera son ya casi un estándar en proyectos de cocina actuales.

Incluso la campana, como ya hemos visto, se mimetiza con el entorno siempre que es posible. La idea es que, a primera vista, la cocina pueda leerse casi como un mueble más del salón, especialmente cuando comparte espacio con la zona de estar. Esa continuidad visual, basada en materiales mates y líneas limpias, consigue ambientes mucho más armónicos y agradables a largo plazo.

Mirar tu casa con ojos críticos y detectar estos artículos de decoración obsoletos —desde el pavés y el gresite azul de baño hasta las campanas escultóricas, el gotelé, los muebles de usar y tirar, los brillos excesivos y los gadgets sin sentido— es un primer paso para avanzar hacia un hogar más coherente, actual y sostenible.

Sustituirlos poco a poco por materiales naturales, colores cálidos, texturas cuidadas, piezas duraderas y una iluminación bien pensada hará que tu casa no solo se vea mejor, sino que también resulte más cómoda y agradable de vivir cada día.

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